25 de junio de 2014
Para: El sol de mis mañanas
De: Su amigo, el afortunado
Hola mi amor, ¿Cómo estás?
¿Te he dicho que eres la más
bella? Si no lo hago con frecuencia, te pido perdón porque ¿Cómo he de errar en
esto? Claramente si decidí tomarte como mi esposa (o futura esposa) es porque
ciertamente eres la más hermosa entre todas las que pisen la tierra en la que
vivimos.
Hoy fue un día muy lindo. Aún me
sigo confundiendo, creo verte en todos lados, pero mi corazón me dice “no, no
es ella, no te confundas”. Y aunque me frustro a veces, y lloro por ti en el
cuarto de oración. Sé que cuando por fin te conozca toda la espera valdrá la
pena.
Hace rato hablaba de nosotros dos
con unas amigas, les decía que nuestra boda será en la arena del mar, un bello
mar. Que cuando nos casemos quiero darte la mejor vida que puedas soñar, por lo
menos por los dos primeros años de matrimonio, luego, nos iremos a las
misiones, a trabajar duro para que las almas sean ganadas para Dios, nuestro
maravilloso Dios. Luego llegué a casa y comencé a leer la biografía de Juan
Paton, que sorpresa me llevé cuando leí los primeros párrafos y ¿Adivina qué? Se
trataba de una historia de amor. Mira:
“Cerca de Dalswinton, en Escocia, vivía un matrimonio conocido en
toda la región como los viejos Adán y Eva. A ese hogar llegó de visita, cierta
vez, una sobrina, Janet Rogerson. Es de suponerse que no hubiese muchas cosas
en aquella casa aislada de un par de ancianos, que pudiesen distraer a la joven
siempre viva y alegre. Pero algo le atrajo su interés; cierto muchacho llamado
Santiago Paton, entraba, día tras día, en el bosque próximo a la casa. Llevaba
siempre un libro en la mano, como si él fuese allí con el propósito de estudiar
y meditar.
Cierto día, la jovencita, vencida por la curiosidad, entró
furtivamente por entre los árboles y espió al muchacho que recitaba los Sonetos
Evangélicos de Erskine. Su curiosidad se convirtió en una santa admiración
cuando el joven, dejando el sombrero a un lado, en el suelo, se arrodilló debajo
de un árbol para derramar su alma en oración ante Dios. Ella, con su espíritu
juguetón, avanzó y le colgó el sombrero en una rama del árbol que estaba más
próximo. En seguida se escondió en donde pudo, para presenciar cómo el
muchacho, perplejo, iba a estar buscando su sombrero. Al día siguiente la
escena se repitió. Pero el corazón de la muchacha se conmovió al ver la
perturbación del joven, inmóvil por algunos minutos, con el sombrero en la
mano.
Fue así como él, al volver al día siguiente al lugar donde se arrodillaba
diariamente, encontró una tarjeta prendida en el árbol. La tarjeta decía lo
siguiente: "La persona que escondió su sombrero se confiesa sinceramente
arrepentida de haberlo hecho y le pide que ore, rogando a Dios que la convierta
en una creyente tan sincera como lo es usted. El joven se quedó mirando por
algún tiempo la tarjeta, olvidándose completamente de los Sonetos aquel día.
Por fin, desprendió la tarjeta del árbol, y estaba reprochándose por no haberse
dado cuenta de que era un ser humano quien le había escondido el sombrero en
dos ocasiones, más tarde vio entre los árboles, una muchacha que llevaba un
balde en la mano, cantando un himno escocés que pasaba frente a la casa del viejo
Adán. En aquel momento el muchacho, por instinto divino y en forma tan
infalible como por cualquier voz que jamás hablara a un profeta de Dios, supo
que la visita angélica que había invadido su retiro de oración, era la gentil y
hábil sobrina de los viejos Adán y Eva. Santiago Paton todavía no conocía a
Janet Rogerson, pero había oído hablar de sus extraordinarias cualidades
intelectuales y espirituales.
Es probable que Santiago Paton comenzase a orar por ella — en un
sentido diferente de aquel que ella le pidiera. De cualquier manera, la joven
había hurtado, no solamente el sombrero del muchacho, sino también su leal
corazón — un hurto que tuvo como resultado el casamiento de los dos.”
Después de leerlo no pude
evitar escribirte. Espera, necesito decirte que:
TE AMO, TE AMO, TE AMO
No creo haber hecho en mi vida
nada lo suficientemente bueno para merecerte, sin embargo, hoy, que lees esta
carta, soy el hombre más afortunado pues eres la mujer asombrosa que siempre
soñé.
Oye, creo que soy un tonto,
pues estoy locamente enamorado de ti, ¡Y aún no te conozco! Pero cómo no habría
de estar loco si solo mírate. Bellísima, bellísima, bellísima.
Me voy, tengo que hacer tarea, pero
espero demostrarte mi amor hoy y mañana, y hasta el resto de nuestros días.